SIN MORDAZA – ¿Dónde están nuestros indignados?


A lo largo del 2011 los acontecimientos señalan portentosamente un gran despertar de los pueblos del mundo. A meses de los estallidos árabes, países como Túnez y Egipto han logrado defenestrar a sus mandatarios después de décadas en el poder y se preparan para realizar elecciones democráticas. Argelia, Marruecos, Jordania y Arabia Saudí se apresuran a dictar reformas que permitan evadir la presión popular. En cambio, Siria, Yemen y Bahréin han procurado evitar por la fuerza los cambios que legítimamente demandan sus respectivos pueblos. Libia, actuando en esta misma línea represora, terminó sumida en una violencia que dio fin al gobierno de Muamar el Gadafi gracias a la ayuda internacional. Lo destacable, pese a las diferencias con las cuales se han desarrollado estas demandas por mayores libertades es el desmoronamiento de monarquías militares claramente retardatarias, enquistadas en el poder durante décadas.

En cuanto a la participación de la OTAN en el caso específico de Libia, puede, sin duda, estar cuestionada porque es ejecutada por países que históricamente han sido colonialistas. La intervención internacional debe estar amparada por la supervisión de la ONU y de la comunidad mundial, para evitar en lo posible la rapiña por la riqueza y los recursos naturales de este país por parte de los gobiernos europeos con intereses geopolíticos en la región. Pero, lo que resulta sorprendente es ver al gobernante venezolano apoyando al mandatario libio de manera acrítica, por sólo contradecir la intervención de la OTAN. Defender gobiernos retardatarios lo coloca en la acera contraria de las luchas populares que buscan democratizar la vida política en aquellos países. Lo que demuestra el tufo militarista que caracteriza al gobierno nacional. Si el mandatario libio hubiese pactado los cambios requeridos, sin aferrarse de manera patológica al poder, mucho de lo que se ha vivido en ese país habría podido evitarse. Éstas son precisamente las desmesuras del poder que acarrean el perjuicio de miles y miles de vidas inocentes.

Esta llamada primavera árabe parece tener una especie de eco en otras latitudes. Hay en España un movimiento popular invisibilizado por los medios oficiales. Los Indignados, como dicen llamarse, demandan una mayor justicia social, diferenciando una democracia sujetada exclusivamente por los dictámenes del mercado, y por tanto leonina, a una, en la cual los derechos sociales sean verdaderamente garantizados. Del mismo modo en Israel, movimientos sociales reclaman un mayor gasto social por parte del gobierno que invierte, razonadas o no, ingentes sumas al gasto militar por el ya trillado tema de la seguridad nacional.

En Chile se está viviendo una interesante lucha popular por parte de los movimientos sociales que reclaman reivindicaciones salariales y una educación gratuita y de alta calidad en una sociedad cuyas diferencias sociales son desconcertantes. Queda la pregunta por qué en años de gobiernos de centro izquierda en este país austral no se adelantó ninguna reforma educativa ni salarial en favor de los sectores menos favorecidos.

En nuestro país, tenemos un presidente con una maníaca afición al culto personal, que encadena radio y televisión para que curanderos de todo tipo hagan sortilegios a favor de su precaria salud, mientras el país reza para que la inflación no le devore el escaso dinero para vivir o, sencillamente, para no perder la vida de manera impune. Sólo resta decir: ¿dónde están nuestros indignados o el eco de esa maravillosa primavera que se vive en el mundo frente a este estancamiento político que se asemeja mucho a un reality show?

Por Franklin Piccone Sanabria

Fuente:  Sin Mordaza