Multifantasmas


FICCIÓN

Fernando Núñez Noda
(@nuneznoda en Twitter)
MIAMI (infoCIUDADANO)
11/Septiembre/2011

De permanencias que se acaban o de finales que continúan

La verdad en pasta

Dos químicos recién graduados, M. y P., produjeron de hecho una crema dental que curaba y prevenía las caries. Fue su tesis de grado conjunta, pero en la Universidad no lo notaron e incluso les colgaron una nota muy mediocre. P. fue contratado por una gran transnacional de productos de cuidado personal, no por la fórmula (tampoco por sus notas), sino por sus pasantías en distribuidoras de pañales desechables.

Ya adentro, hizo que ingresara su amigo M., para juntos promover el dentífrico milagroso. Los estudios realizados, no manipulados o fabricados, lo decían sin sombra de dudas. Incluso se podía untar en los dientes y muelas directamente, sin cepillo. M. y P. giraron copias de los informes a sus colegas pero éstos, acostumbrados a afirmar exactamente lo mismo de sus respectivas pastas, lo atribuyeron al autoengaño de los “nuevos” o a ese descortés afán de querer llegar demasiado rápido al tope.

Entre perfeccionar la nomenclatura y presentarla a la Gerencia de Investigación y Desarrollo pasaron tres años. El comité de revisión puso el caso bajo el número 23-5765 y lo asignó para “evaluación somera” a un grupo de trabajo virtual que, al final, lo enterró bajo decenas de otras “prioridades”.

Diez años se interpusieron entre la petición y la primera reevaluación. Mientras tanto M. y P. fueron enviados a divisiones diferentes. Éste en particular supervisaba ensayos de producción de cremas muy inferiores a la suya y cada vez que trataba de revivirla le solicitaban cortésmente que esperara su turno. “El proyecto en el que trabajamos actualmente fue presentado antes de tu nacimiento”, le explicaba su jefe.

Una vez, durante un taller de diseño de prediseños, paseaba por allí Daniel K., eventual presidente del consorcio y tuvo en sus manos, por minutos desaprovechados, lo que sin duda hubiera sido la estrella más fulgurante de los 2.325 productos del grupo industrial. P. le dijo que, ahora en sus manos, podía hablarle rápidamente de su fórmula. Le contó que esa pasta tenía efectos regenerativos en los dientes y muelas, reversiones de caries, fijación de pieza, como un cemento natural. Era fácil de producir, si se combinaban correctamente los 116 ingredientes de la forma indicada y le iría muy bien un nombre como “Plín”.

Lo hojeó un poco, se detuvo en un par de láminas, pero al rato convino en el rito institucional: “Se ve bien, pero esperemos. Yo mismo tengo proyectos en cola.”

Si lo descreyeron los colegas químicos y los de mercadeo, mil veces más los familiares y amigos. Caso ejemplar: los hijos y nietos de P. (M. había muerto sin hijos). Quizá los pequeños, hasta siete u ocho años, hacían acto de fe: “Mi abuelo descubrió una crema dental que sí elimina las caries”, pero la pubertad y la adolescencia les enseñaban la costumbre de ignorar al viejo P., de relegarlo a un sillón en el fondo de la sala, con su copita de ponche cremoso, turnados para llevarlo a fiestas familiares o encuentros domingueros.

Sólo una nieta, Sal, le llegó a creer hasta entrados los quince años.

Nadie es fantasma en su propia casa

Mi otro yo me llevó a las aguas termales. Él lo tomó como un ejercicio de salud y meditación. Yo preferí divagar por los corredores del caserón decimonónico, rozando a la gente que sentía “como algo que pasaba” o departiendo con otros colegas. El otro le decía entre dientes a un amigo, durante la sencilla misa de la mañana, que ansiaba fervientemente, contactar a una aparición, un meta-cuerpo porque así tendría un atisbo de trascendencia y no el frío abismo de la nada. “Bueno, mira, yo soy un espectro”, le dije, pero qué va, ya mi voz era como una brisa perdida entre los pasillos.

Ausencia de luz muy fría

La primera vez que pasó por esa carretera a toda velocidad, Nancina sintió un escalofrío. El lugar no era desagradable, al contrario, muy frondoso y fresco, pero precisamente la densidad vegetal y el frío lo hacían propicio para temores inexplicables, como el de la Sombra Helada.

En un confín del camino a muchos metros de una casa o establecimiento, el aislamiento convertía ese trecho de la Intermunicipal 3 en un compendio de historias macabras, casi ninguna confirmada, pero muy sobrecogedoras en la descripción de la angustia del desolado transeúnte que contaba los segundos antes que saltara de la oscuridad algún horror del monte. Las leyendas urbanas (o rurales, más bien) hablaban de todo tipo de criaturas y calañas humanas, de malvados, fantasmas o animales.

No se supo qué ocurrió con el automóvil de Nancina (nunca apareció) pero falló justo al alcanzar el trecho más tupido de lianas y maleza, que ahogaba los postes. Afortunadamente ocurrió de día, aunque de poco sirvió. Su celular no tenía señal en ese lugar. A un carro que pasaba le hizo un tímido gesto de detenerse, que lucía como un saludo escondido. De repente lo que quedaba del trayecto de ese vehículo se desvaneció y percibió el silencio de una forma nueva.

Para el momento, obvio, no existía la leyenda de Sombra Helada, pero sí la de forajidos que deambulaban por esos predios, si no criaturas híbridas humanas y salvajes. Nancina se dio por perdida. Pronto sería cazada. “¿Y si corro?” se preguntó estúpidamente. Mas no, nada que ver.

Pasó la peor noche de su vida esperando que alguien rompiera la soledad. Trató pero no pudo pegar un ojo, en medio del ulular de la madrugada silvestre y gélida, completamente a oscuras. Mas, ciertamente, no la visitó ninguno de los demonios que esperaba.

Despertó con el crispar de las piedras bajo neumáticos y al levantar la cabeza el motor tripulado era ya una nube amarillosa. Salió a la carretera, pero sin suerte hasta las 5:14 pm, cuando pasó un camión que (¡mala suerte!) iba hacia una finca en el interior de la montaña. Ofrecieron llevarla pero le dio miedo dejar la nave en esas vastedades y también al ver el talante de quienes ofrecían llevarla. Incluso deseó que se fueran. Sola otra vez, caminó y se perdió en suaves colinas. Pasaron dos o quizá tres automóviles al lado del suyo, pero estaba demasiado lejos. No se topó con nadie por el resto del día y otra vez la noche, ora encendida de luceros ora arropada por cúmulos.

La quebrada cercana, los animales benévolos, la generosidad de la desnudez en el día y el abrigo animal, a oscuras, la hicieron internarse, dormir lejos del Toyota. Poco a poco extendió su territorio y ciertamente sacó máximo provecho de sus buenos colmillos. Un día contempló plácidamente cómo se robaban el vehículo. No intervino, ése era el último puente que ardía sobre el río circundante.

Eso y la deconstrucción del ser racional, son mi (propuesta de) solución al enigma de la Sombra Helada que aterroriza esos parajes.

Nihílogo

1872. Me dirijo al pueblo de El Madero. Voy por provisiones. No voy por periódico porque no lo han inventado. En el viejo pueblo quedaron sepultadas mi niñez y juventud, el libro de mi vida cuyo prólogo está  cerca de la plaza y cuyo epílogo no es otro que las arenas circundantes.

Dunas rojizas y cálidas, de día. Plateadas y heladas, de noche. Un gemido ululante recorre sus bordes inestables. Hace sesenta y seis años ocurrió allí la batalla. Un día llegó un mensajero presuroso y dijo que, como una tromba, los rebeldes tomarían El Madero dentro dos días. Algunos se alegraron y salieron a encontrarse con los revolucionarios.

Otros fuimos engañados con la patraña de la República y del honor patrio. Nos malvistieron de soldados, nos mostraron los rudimentos de la carga y disparo. El punto era aguantar hasta que llegaran tres mil hombres bien apeltrechados bajo la bandera federalista.

Armar barricadas y cavar trincheras distrajo un poco la enorme tensión que abrazó al pueblo. Pero cuando todo estuvo “preparado” la espera superó en crueldad y frenesí la mismísima lucha.

Una mañana nos despertaron. Pasó un depauperado jinete: “Allí vienen, son miles, como ratas hambrientas ¡huyan si pueden!”. Desde entonces para mí todo es polvo del desierto, la gravitatoria lucha por desenterrar los pasos y el violento choque de los sables.

Entonces, yacía yo herido, mi respiración dificultosa por la piedra pulverizada y los globos de sangre. Vi una silueta. El sol abrazador a sus espaldas. Levantó la bayoneta y ¡ay!, no me acordaba.

Sí, me detengo, incluso me devuelvo. ¡Ja! ¡Qué despiste! Es que todavía veo las locas pisadas de guerra en la arena, como si el viento de décadas las hubiera vuelto a dibujar o esculpir, mejor dicho.

Todo esto porque no voy a pueblo alguno, no existe. Y yo no necesito provisiones, estoy muerto ¡pero soy un muerto tan olvidadizo!

Fuente: Infociudadano