Luis Fernández Moyano ND El triunfal retorno de Acción Democrática


Al verlo súbitamente paralizado ante el insondable misterio de la muerte, un habitante de los vecindarios del infierno que se cree reencarnación tropical de Zaratustra, puso en las manos de nuestro atribulado y confundido teniente coronel un libro de Federico Nietzsche, “Así Hablaba Zaratustra”. Símbolo del profetismo vitalista, del himno a la vida eterna, pero sobre todo al mito del superhombre, el Übermensch. El mismo que encarnara en Hitler y en todas sus excrecencias nazional socialistas, desde Sadam o Gadaffi a Pinochet y Alberto Fujimori y desde Fidel Castro – nuestro Zaratustra habanero – a Abimael Guzmán. Devorador de solapas, no llegó muy lejos con el bigotudo, cejijunto y apasionado pensador germano, como tampoco con Gramsci, el curcuncho, cuya obra le pusiera en sus manos el comunista italiano Antonio Negri. Como con todas sus fragmentarias y aceleradas lecturas, le sirvió para presumir en alguna de sus fastidiosas apariciones televisivas, y más nada. Hasta allí llegó Zaratustra. Hasta allí Federico Nitzsche. Chávez es el clásico hombre de acción, no un pensador. Un rastreador de carroña, no un cazador de alturas.

Si hubiera ido más lejos y más profundo, hubiera alcanzado niveles de conocimiento insondables y hasta puede que hubiera aprendido a encarar la muerte, su inevitable muerte – como la de todos nosotros – con el coraje, la virtud y la honestidad de millones y millones de seres humanos que no juran ser reencarnación de Superman pero mueren con esas maravillosas palabras como extraídas del poeta español Francisco de Quevedo en sus bocas: “polvo seré, mas polvo enamorado”. Si lo hubiera hecho, se habría encontrado con una de las ideas más sorprendentes de la historia de la cultura: la del eterno retorno. Un antropólogo rumano, Mircea Eliade, lo estudió en las antiguas culturas en un libro de suma importancia: El Mito del Eterno Retorno. Lo que fue, será. Lo que es, está condenado a su desaparición.
Es lo que está a punto de ocurrir en Venezuela, cuando al borde de caer en la disgregación y el caos se siente brotar desde el subsuelo de nuestra sociedad el murmullo del renacimiento de los viejos y menospreciados partidos de nuestra única experiencia democrática. Nada raro: donde hubo fuego cenizas quedan. Mucho más que cenizas: brasas que podrían volver a encender la pradera y revertir el escenario político de un solo y gran movimiento envolvente, devolviéndolos al Poder en andas de un contra deslave que arrase con quienes pretendieron arrasarlos friendo sus cabezas y hoy ven frustrados sus intentos en la porfía con que esos partidos encuentran en alguno de sus candidatos la llama capaz de encender la mecha de una explosión de rebeldía popular. ¿O es que el respaldo social de la aventura golpista cayó, como el oro, de los espacios siderales y no de adecos y copeyanos de nuestras barriadas populares y de unas clases medias desencantadas del esfuerzo y los sacrificios que demandan la libertad y la justicia?
Ese destello se vio en el acto de presentación de Antonio Ledezma, que supo tocar sus corazones. Ese murmullo brotó de las bocas de los adecos presentes. Un como súbito despertar de un gigante dormido, que recién comienza a desperezarse, pero podría alzarse en toda su dimensión para arrasar con el depravado enanismo gobernante, a cuyo ídolo comienzan a desmoronársele sus pies de barro. Ojo con el futuro: un gigante acecha. Es blanco y tenaz. Pero de piel curtida y multicolor. Podríamos encontrarnos a las puertas del triunfal regreso de Acción Democrática. Ya encontró el hombre. Sólo falta el partido.

Fuente:  Noticiero Digital