
El ambiente corporativo es una perfecta representación del infierno, si se carece de las herramientas de socialización mínimas, y la astucia y la valentía necesarias para sobrevivir en esa suerte de jungla climatizada. Por lo menos ese era el parecer de Julio Rojas, un contador que no brillaba especialmente por las cualidades enumeradas antes. No era un mal contador, al contrario: jamás un balance salió equivocado de sus manos. Pero era difícil de tratar: su interacción con los colegas era la mínima indispensable, al punto de relacionarse con los demás sólo a través del sistema de mensajería implantado en la oficina.
Julio recelaba de todo el mundo, especialmente de la persona que se sentaba justo en frente de él. La antipatía nació el día en él que entró a la empresa; le fueron presentando a todo el mundo, y cuando llegó al puesto de ese señor, ambos hablaron al unísono, lo que lo desconcertó y le impidió decir nada más. El problema radicaba en el hecho de su cercanía: cada vez que alzaba la vista lo veía viéndolo, con sus absurdos bigoticos en punta y sus lentes culo de botella…



