Lo tiene indignado, desquiciado, iracundo: golpea las paredes, se destroza los nudillos, se da de cabezazos y grita desgarradoramente, confundido entre los estrujones del alma y los retorcijones tumorosos. Está gravemente herido. Según Hobbes, nada peor para un tirano que verse menospreciado en su vanidad y empujado a la muerte política. La más violenta. Es cuando les sale el dragón que llevan dentro.
Antonio Sánchez García
Lo recuerdo sobrado, guapo, perfilado, mayestático: ““por ahora” no logramos nuestros objetivos.” (Pero prepárense, tropa de burgueses, adecos y maleantes, que lo que les viene es candela). Lo recuerdo instando a sus compañeros, los exitosos, los corajudos, los que las tuvieron del tamaño del compromiso, a rendirse (porque si no lo logré yo, no se imagine ninguno de ustedes, pendejos de cuartel, que se harán con el botín). Lo recuerdo flanqueado por Santeliz, el traidor, y Ochoa Antich, por decir lo menos: “el pingenuo”. Preparándose los tres a sentarse a almorzar, pagando quienes se olvidaron de arrancarle sus presillas, sus medallas, sus galones. Y darle una zarabanda de palos en cueros, sus vergüenzas al aire, que es lo que en un ejército de varones bragados y orgullosos le hubieran servido. Pero eso, en la España de la transición o en la Francia gaullista. En la Venezuela post saudita, broma de muchachos. Una fría, un buen bistec y un bienmesabe. ¿Un marroncito, teniente coronel?










