Lula, que imitó las políticas de Cardoso cuando fue presidente, debería emularlo también ahora. Un verdadero demócrata no usa su influencia para intervenir en las elecciones de otro país
No es fácil haber sido presidente. El viejo chiste es que los expresidentes son como los jarrones chinos: todo el mundo dice que son muy valiosos pero nadie sabe qué hacer con ellos. Y muchos jefes de Estado tampoco saben qué hacer consigo mismos una vez que dejan de serlo. Algunos, como Bill Clinton, mantienen una actividad frenética; otros, como Vladímir Putin, se las arreglan para no dejar nunca el poder y aun otros, como Silvio Berlusconi, dedican su post-presidencia a preparar el regreso a palacio.
En estos días, dos eventos casi simultáneos, protagonizados por dos expresidentes, ilustran formas muy distintas de asumir el papel de “ex”. El contraste de sus actuaciones no ha podido ser más extremo y más aleccionador. Se trata de los dos expresidentes más famosos —y exitosos— de Brasil: Fernando Henrique Cardoso y Luiz Inácio Lula da Silva. Ambos han estado en la arena pública internacional por diferentes motivos. Fernando Henrique Cardoso ganó el premio más importante del mundo en el campo de las ciencias sociales: el premio Kluge, otorgado por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos. El galardón tiene un proceso de selección tanto o más riguroso que el de los premios Nobel, y una dotación equivalente (un millón de dólares).














