
Las Ciencias Políticas son fundamentales para el conocimiento del entorno, hasta el punto de que se hace imprescindible su consulta para el entendimiento de los asuntos relacionados con la administración del bien común. Cuando se fundó la Escuela de Estudios Políticos de la UCV sentí que se agregaba un saber que le faltaba a la sociedad, y animé a algunos jóvenes para que se sentaran en sus pupitres. Hoy mantengo la misma posición, desde luego, pero me parece que muchos de sus análisis, o más bien muchos de los presupuestos de carácter panorámico que salen de sus aulas, o de las investigaciones de sus catedráticos, no atinan en el entendimiento de la política venezolana. Quizá sea, más bien, que la realidad del país produce una contradicción con los estudios ofrecidos por la escuela, hasta el punto de colocarnos ante un rompecabezas cuya soldadura se vuelve demasiado complicada, si partimos de ver la relación establecida entre amplios sectores de la ciudadanía y el Gobierno que supuestamente padecen. ….
Cuando se mantienen por demasiado tiempo en las alturas, los gobiernos en general, y el actual de Venezuela en particular, sufren el desgaste del almanaque y siembran desencantos a granel entre sus gobernados, enseñan los respetados amigos politólogos. Lo que le sucede a los gobiernos pasa también con su líder, de quien se alejan las multitudes cuando comprueban la falsedad de sus promesas o cuando sufren las consecuencias de su ineptitud, agregan sin vacilación. Ejemplos suficientes llevan en la carpeta para probar la afirmación, no en balde así ha sucedido en la generalidad de las sociedades desde antiguo. Pero, si damos crédito a las averiguaciones de opinión que se hacen con frecuencia, o a la simple observación de la conducta de vastos sectores de la colectividad ante la acción del régimen imperante, brotan infinidad de objeciones y preguntas que dejan mal parada la sabiduría de los especialistas. No sólo de los politólogos, dicho sea de paso, sino de otros expertos como los sociólogos y los historiadores que caminamos la misma ruta orientada al entendimiento de la sociedad a través del tiempo. La idea o el saber que compartimos con los politólogos son vapuleados por las encuestas, especialmente por las más serias -que sin duda las hay; no me refiero a Jesse Chacón y Cía.-, cuyos detalles indican la escala de aceptación, no pocas veces de un caudal impresionante, que tiene una administración ya vieja y de comprobada incompetencia, en la cual también destacan las máculas de la mentira y la ladronería. Pareciera, por lo tanto, que lo que se aprende y divulga en las cátedras de politología, sociología e historia deviene aporte baldío ante las conductas de los venezolanos frente a le “revolución” y ante su líder. Mientras más fallan se ven ellos más favorecidos por los sondeos de opinión y por el complaciente sosiego de los gobernados.
Existe la tentación de encontrar explicaciones del fenómeno en los dirigentes de la oposición, o en la dificultad que han tenido de encontrar un líder suficientemente capaz de enfrentar con éxito al presidente Chávez y a su gobierno. Tal vez no sea acertada esa explicación, no sólo porque busque la razón del problema en un segmento que no se puede mirar en solitario para destapar sus falencias y quedar en paz, sino también porque quienes lo forman han trabajado sin descanso para sacarnos del atolladero mediante el manejo de las armas que pueden lícitamente usar; y porque se advierten alternativas personales de liderazgo con las cuales animarse. El desierto no encuentra explicación en el aparente desacierto de los pocos que han tratado de ofrecerle agua, abono y habitantes, en especial cuando las encuestas no refieren situaciones transitorias, poses instantáneas, sino una sensibilidad reiterada. La posibilidad cercana del continuismo de Chávez es evidente, si vemos con cuidado tales encuestas. De allí la necesidad de mirar hacia otra parte, como politólogos, o como sociólogos e historiadores, aunque la mirada sólo produzca desolación.
¿A quién mirar? Al pueblo, con el objeto de detenerse en sus rasgos sin la indulgencia de quienes lo observan como candidatos de algo que los obliga a la hipocresía. Un politólogo serio, lo mismo que otro cualquiera de los profesionales nombrados, tiene la obligación de escudriñar las limitaciones del pueblo venezolano en materia de ciudadanía, su cohabitación en una sociedad de cómplices, su prosternación ante tiranías como la de Gómez, su memoria complaciente con Pérez Jiménez, su hábito de parasitismo que data del siglo XIX y se fortalece con la explotación del petróleo, su coqueteo con los hombres de presa y con los Césares salvadores, en suma, un conjunto nada halagüeño de actitudes que nos alejan del republicanismo y nos invitan a aceptar el anuncio del continuismo sin cargos de conciencia. Contra tales reacciones chocan las teorías manejadas en la universidad, y los manuales eruditos que llegan del extranjero, no en balde aconsejan búsquedas en los rincones, o en plaza equivocada, cuando el entendimiento se localiza en la médula de una sociedad peculiar a la que conviene una radiografía sin contemplaciones. Pero de la radiografía también saldrán las características que nos pueden salvar como sociedad, las evidencias de lo que hemos cambiado presionados por la dureza de las circunstancias, es decir, la posibilidad de sentir que no será necesario bajar la santamaría.
Fuente: EL UNIVERSAL



